lunes, 5 de septiembre de 2016

Tu enfermedad como mi metamorfosis: La Historia 20, La mafia farmacéutica

"Nada es veneno, todo es veneno: la diferencia está en la dosis"
Paracelso


Fue un golpe duro, un manotazo helado. Podíamos haber elegido el absurdo y egoísta sufrimiento de los que se quedan. De los que al sentir que pierden algo puerilmente amado que saben que no llegaron a disfrutar mientras pudieron, se retuercen una y otra vez en el más fatuo de los dolores. Podíamos haber amansado esa pena egocéntrica de la pérdida, a pesar de no ser real, pues los bebés no eran de nuestra posesión, y culparnos por lo no vivido sin  poner remedio a lo que aún se podía vivir. Podíamos culpar a Dios o la vida misma que tranquila continuaba su eterna transformación, de todo lo que nos estaba ocurriendo. O simplemente, encontrar en ese aparente final, la excusa perfecta para caer, para dejarse arrastrar a la oscuridad. Sin embargo, ambas habíamos amado a esos nonatos. Y cuando descubres la mirada del amor, no hay ofensa...


Triste pero contenta por haber hecho todo lo que había podido, volvimos a casa con la idea de empezar de cero. Ya no había tromboembolismos, no había embarazo… Sólo ella y yo con nuevas ilusiones y energías renovadas. No contábamos con la inteligencia de la naturaleza y, sin haberlo previsto previamente, a Nazaret le dio una subida de leche. Los ginecólogos no se lo explicaban, pues normalmente acontecía a partir de las 20 semanas de gestación. Probablemente sería por tratarse de gemelos, o tal vez, porque tenía que ser madre hasta el final. Entre hielos y vendas fue disminuyendo progresivamente el dolor de unos pechos que no amamantarían a nadie.

Seguíamos con la esperanza de tener un hijo y pensamos en las dos opciones que nos quedaban: adoptaríamos y lo intentaría yo. Para mí era demasiado arriesgado que Nazaret volviese a intentarlo, pues le achacábamos todas las desgracias acaecidas al embarazo. Todo comenzó casi de forma simultánea. Ella lo aceptaba con un sabor agridulce. Había tenido la suerte de sentir en su vientre a los niños. Sin embargo, la idea de no poder sentír en su vientre nuevas criaturas le producía un extraño vacío, una conocida añoranza. No se resignaba, ya que nunca apareció su máscara de víctima. Ni tampoco se conformaba, pues no se quedó estática, mirando las cartas que le había tocado jugar. Ella aceptaba, pues, con esas cartas, intentaba jugar la mejor partida que podía.

Aún tenía que cerrarse la herida de la pérdida de nuestros hijos. Y una vez cerrada, honrar la cicatriz restante. Transformarla en el más preciado tesoro, en la puerta hacia una visión de la realidad diferente, más sensible, más madura… más sabia.

El protocolo hospitalario determinaba la realización de una “autopsia” o anatomía patológica de los fetos para diagnosticar o descartar la causa del aborto, ya fuese relacionado con la madre o con alguna malformación de los bebés. Nosotras sabíamos que se fueron porque había llegado el momento y que, hasta ese día, habían estado sanos, fuertes y amados. Efectivamente, la anatomía patológica la recibí semanas después confirmando que ambos fetos estaban sanos y bien formados y que los dos eran varones, como ya sabíamos. Nunca se lo dije a Nazaret, ya era algo secundario que sabíamos sin necesidad de papel en nuestro corazón y en aquellos momentos, de forma inconsciente, teníamos otra batalla que luchar.

Comenzaron a ajustarle la medicación. Cambiaron la tinzaparina por sintrom (que, por cierto, es lo que se usa de mata-ratas, la warfarina, su principio activo), continuó con el hierro, el ácido fólico, la vitamina B12, omeprazol, enalapril y algún otro que se me escapa… Tanta medicación me hacía reflexionar sobre si aquello era el camino. Era muy joven para tantos fármacos, pero parecía que, a más fármacos, más aseguraba su supervivencia, más seguridad. Volvía a estar equivocada.

Poco después aprendí que, según reportes de la Organización Mundial de la Salud (OMS), los fármacos son la tercera causa de muerte en el mundo tras las enfermedades cardiovasculares y el cáncer, que se disputan el primer puesto. Cada vez hay más médicos en el planeta denunciando lasprácticas “oscuras” de Big Pharma, las grandes farmaceúticas, advirtiendo en público su corrupción y, de forma secundaria, el impacto que están creando en la salud de la población.

En España, uno de los médicos que levantaron el voto de silencio fue, curiosamente, Joan-Ramón Laporte, jefe de servicio de farmacología del hospital Vall d’Hebron y director de la Fundación Instituto Catalán de Farmacología. ¿Quién se tira piedras sobre su mismo tejado? Ese señor probablemente podría tener una vida totalmente despreocupada desde el punto de vista económico, pero sin embargo, qué no habrá visto, qué no sabrá, para que haya salido de su zona de confort y seguridad a gritar a todo el que le quiera escuchar lo que está ocurriendo.

Los laboratorios pueden considerarse como una mafia. No consiste en comprar al médico con un viajecito a tal o cuál sitio, o con una comida, o con una inscripción al congreso de lo que sea… Eso son sólo migajas comparado con lo que mueven. Para poder hacernos una idea, solamente comentar el negocio nuevo con las estatinas (sinvastatina, atorvastatina...), un fármaco que se usa para bajar el colesterol. Las ventas de este medicamento ascienden a 26.000.000.000 dólares anuales sólo en Estados Unidos. Como podrán comprender, una cena, un viaje… es algo ínfimo para ellos mientras te manipulan, que no chantajean, para que sigas recetando. La manipulación se hace a través de estudios científicos que las propias empresas que quieren vender su medicamento hacen. En teoría todo muy ético y bien elaborado. En la práctica, si sabes un poco de estadística puedes desmontar muchos de estos fraudes. Pero claro, quién va a escuchar la voz de alguien desconocido como puede ser un médico corriente…

De hecho, hay múltiples estudios que no relacionan las cifras de colesterol con el infarto de miocardio. Y otros que llegan más allá, encontrando que aquellos pacientes tratados con fármacos contra el costerol tuvieron el triple de infartos y un tercio más de muertes relacionadas tanto con enfermedades cardiacas como con el cáncer. Una de las funciones del colesterol es reparar el daño celular, como el que sufren las paredes arteriales al agrietarse el colágeno de los tejidos. Por lo tanto, si se disminuye el nivel de colesterol, se disminuye la reparación de nuestros vasos sanguíneos. Algo totalmente contradictorio a nuestras prácticas actuales. La asociación que hace el paciente con las estatinas es: “pero me previene de un infarto”, el médico que lo receta añadiría “tantos pacientes candidatos a tomar estatinas…, claro es que han bajado las cifras de colesterol que se consideran patológicas”. ¿Pero quién baja estas cifras? ¿En base a qué? Todo comienza cuando un comité de expertos, generalmente en Estados Unidos y procedentes de la OMS (Organización Mundial de la Salud), se reúne para “evaluar y revisar” algún tema de enfermedad. Generalmente se mueven más en las enfermedades más prevalentes, porque también son las que dan más dinero. Por eso, o se reúnen para abordar la enfermedad cardiovascular o el cáncer en la mayoría de las ocasiones, de los que, curiosamente hay centenares de fármacos nuevos, y, por lo menos con el cáncer, no se ha traducido en un incremento en la curación, que no en la superviviencia a “x” años, un concepto diferente. Curioso que de las enfermedades más frecuentes haya más fármacos que no las curen y las hagan aún más frecuentes que cuando existían menos medicamentos, para así, conseguir que el propio consumo de fármacos sea la tercera causa de muerte mundial.


Propablemente la primera si nos hacemos conscientes de que, aquella persona con cáncer, se murió por una infección secundaria a la acción de la quimioterapia al dilapidar las defensas… Muchos pensarán que también cura la quimioterapia. O por lo menos es lo que yo pensaba antes también. Sopesaba riesgo-beneficio y me liaba la manta a la cabeza. Ahora dudo de su efecto terapéutico aislado, de sus efectos secundarios no, esos los tenía claros antes también. Porque he visto con más frecuencia que las personas no se mueren tan fácilmente, que, con o sin asistencia médica, el cuerpo está hecho de otra pasta, capaz de soportar muchas más calamidades de las que pensamos. Y al mismo tiempo, cada vez soy más consciente del poder de la mente, de la sugestión y las palabras. Con un buen oncólogo, si no eres de tendencia pesimista y no es la puerta para conocer otras realidades extraterrenales, la diferencia entre administrar agua bendita intravenosa o quimioterapia, sería escasa. En resumen, creo que habría que individualizar cada caso, es decir, tratar enfermos y no enfermedades. 

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