viernes, 12 de agosto de 2016

Tu enfermedad como mi metamorfosis: La Historia 11, La biodescodificación

"Siempre que enseñes; enseña también, a la vez, a dudar de lo que enseñas"
José Ortega y Gasset



Tras una última transfusión, Nazaret fue aumentando su capacidad pulmonar, sus paseos, su función cardiaca. Se iba restableciendo la salud y armonía como nunca tenía que haberse perdido. Y los fetos seguían vivos aunque no sabíamos si quizá saldrían con 3 ojos y escamas, mutantes de tanta radiación y fármacos.  Saldríamos de dudas cuando fuésemos a la cita de bienestar fetal 2 semanas después. A los 15 días se hizo el alta, la carta de libertad. Por fin nos podíamos ir a casa, por cierto, sin colocar el filtro de vena cava al final porque en la ecografía que hicieron allí no vieron trombos en ninguna región venosa de los miembros inferiores.

Nazaret aún bastante cansada agradecía desde lo más íntimo de su corazón con estas palabras:

Del amor, de nuestro amor se engendraron las semillas en mi vientre.
Del amor, de todo el amor recibido por vosotros, anidaron agarrándose a la vida.
Y por mucho que la tormenta hiciera de mí un árbol torcido las nuevas ramas crecen buscando siempre la luz del sol...


En casa, su corazón aún vendado, había ampliado los espacios, todo estaba muy lejano para ella. Se calmaba, cerraba los ojos y respiraba, después continuaba el camino. Al despertarse jugaba a la maratón de la ducha. Cuando conseguía terminar, Morfeo venía a por ella y en un hermoso sopor, dormitaba de nuevo. No hubo más días. Al tercer día, siempre tres, la pierna derecha comenzó a hincharse. Con el miedo en las venas y sin poder saborear las noches de aguamarina y arcoiris, nos fuimos a mi hospital de trabajo. En la ecografía doppler se confirmaría la gravedad de la clínica. No había pasado una semana en casa y la primera complicación aconteció: trombosis venosa profunda de la vena femoral común y derecha. ¿Cómo es posible si le habían hecho una ecografía días previos al alta y no tenía nada? ¿Qué riesgo tenía de presentar un nuevo episodio de tromboembolismo pulmonar? Y en caso de que se produjera, ¿Qué probabilidad de morirse tenía? Pues las respuestas a las dos últimas preguntas eran como tener casi todas las papeletas de una tómbola. 

Estaba comenzando a revivir la pesadilla que abandoné días atrás. La incredulidad brillaba en mis ojos. El temor se adueñaba de los poros de mi piel. ¿El tratamiento con heparina no era útil? No entendía… mi mente enmarañada me llevaba a castillos de viento, donde el abanico de las posibilidades se abría, mostrando únicamente cartas negras de la baraja. Podría ser que aún no hubiese alcanzado los niveles de fármaco que necesitaba a pesar de tener dosis máximas, tal vez su cuerpo no la absorbía, metabolizaba bien, o la aclaraba demasiado rápido para limpiarse de algo ajeno y externo a ella... Ante el temor a repetirse la misma experiencia de la que acabábamos de salir o incluso empeorarla, los internistas y médicos de urgencias decidieron ingresarla. Podría haberse escapado algo que no vieron en el hospital, o quizá casualidad. Como era domingo por la tarde y estaba estable, pospondrían el traslado para la mañana siguiente, en helicóptero. Iría al hospital de tercer nivel donde volvió a la vida. Allí la conocían y había salido viva rompiendo todas las expectativas. Esta vez no sería diferente.

Esa noche se quedó monitorizada en observación porque en la planta, como en todas, a penas hay medios. La ansiedad, el miedo al miedo, me invadía de tal forma que no fui capaz de dormir en toda la noche con el objetivo de vigilarla. “Esta vez estoy aquí, contigo, a tu lado. Y no dejaré que vuelvas al pozo negro y te enredes en hiedra yaciendo inmóvil en la tierra.” Mis ojos nocturnos observarían cada gesto, cada respiración, cada aliento de vida. Mis manos acariciarían tu frágil figura, hasta que me dictase su temperatura, tus latidos. Mis oídos velarían por tus sueños, alertándome ante cualquier agitación que alterase tu quietud. Esta noche no te despertarías en la UCI. Esta no… Quería constatar que no convulsionaba, que no sufriera una parada cardiorrespiratoria, que no le repitiera de nuevo el Tromboembolismo pulmonar. Nada podía hacer para prevenir eso, evidentemente como siempre. Pero mi cuerpo físico, mental y emocional no me daba otras opciones.

Volvía el miedo. Parecía un viejo amigo de muchos años, de muchas vidas. Continuaba la disociación entre lo que habíamos venido a hacer y lo que estábamos haciendo. No habíamos entendido nada con el primer episodio. No éramos capaces de comprender que la enfermedad es una experiencia creada por nosotros mismos y que nadie enferma por casualidad ni por azar o mala suerte. La enfermedad era una compañera de viaje, dándonos la oportunidad de crecer. En realidad no era necesario padecer una enfermedad o que tener alguna desgracia para aprender o para encontrar el sentido a tu vida. Pero a veces estas experiencias sirven como catalizadores debido a la intensa pérdida a la que te someten. Si se mira tan solo a la enfermedad, a veces se gana y otras se pierde; incluso si lo intentas con todo tu corazón, si te enfocas en desprenderte del lastre físico corrompido. Sin embargo, si miras al ser siempre se gana por todo lo que se descubre junto a tu fiel amiga, la enfermedad.  

Todo tenía un sentido profundo y estaba siendo creado y generado por nosotros mismos, cosa que la mente nunca lo iba a entender ni asumir. ¿Qué propósito o para qué ocurría esta desavenencia? Si aún no nos había dado tiempo a respirar la tranquilidad de las sábanas de nuestra cama… Desde luego que estaba relacionado con el despertar, pero no como pensábamos. Todo el mundo sufre contratiempos en la vida. A veces no es suficiente con pasar por unos cuantos. Por eso, cuanto más numerosos son, más aprendemos y maduramos. Pero si algo he aprendido es que no hay dicha sin contratiempos. ¿Conoceríamos el goce de la paz sin la angustia de la guerra? Si no fuera por la muerte, ¿valoraríamos la vida? Si no fuera por el miedo, ¿sabríamos que el objetivo último es el amor?


La trombosis en la pierna derecha según la teoría de la biodescodificación estaba relacionada con la pareja. ¿Estaría causada por la separación del año que estuve en Barcelona? Desde luego, la separación física entre ambas que supuso mi decisión se acabó cuando Nazaret enfermó, pues sabía que al alta se vendría a casa, meses antes de lo que teníamos planeado. Generalmente, cuando se produce la enfermedad según esta forma de concebir la medicina, es cuando se ha sanado el conflicto. En este caso se cumplía, al igual que en el primer ingreso: el conflicto de ser madre se resolvió cuando quedó embarazada y a las pocas semanas surgió el tromboembolismo pulmonar. El conflicto de nuestra separación física terminó cuando le dieron de alta y, pocos días después, apareció la trombosis de la pierna. Los pilares de la Nueva Medicina Germánica o biodescodificación se basan en hacer al paciente protagonista de su enfermedad y al médico como un acompañante altamente cualificado. Toda enfermedad aparece por un conflicto biológico, un shock inesperado, dramático y abrupto que afecta tanto a psique, como al cerebro y consecuentemente al organismo. Todo bien hilvanado. En función del tipo de conflicto emocional, impactará en una zona concreta del cerebro (se puede corroborar en TAC craneal) que se relaciona a su vez con las distintas capas embrionarias y, consecuentemente, afectará a un área concreta del organismo. Si se resuelve el conflicto emocional, también lo hace la enfermedad. En este tipo de medicina los microorganismos son aliados que actúan para degradar el tejido que se ha dañado al recibir el impacto emocional. Tiene cinco leyes biológicas, es decir, que se repiten en el 100% de los enfermos. La enfermedad no se ve como tal, sino como un programa de la naturaleza con sentido biológico, la mayoría en fase de curación “espontánea”, aunando cuerpo y alma en su “quintaesencia”. La medicina orgánica y la psíquica actuando de forma sincrónica.

Aunque en cierta forma, después pudimos comprobar que se cumplieron las 5 leyes biológicas que postula esta ciencia, desconocida hasta entonces para mí, creo que todas las experiencias que vivimos transcendían la explicación de cualquier ciencia, cualquier medicina…

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