lunes, 7 de agosto de 2017

¿Vivimos realmente una batalla contra la enfermedad?



Nuestros cuerpos no son “zonas de guerra”, debemos dejar de tratarlos como si lo fuera. No hay batallas que ganar ni que perder ni enemigos que destruir. Desarrollar cáncer o cualquier otra enfermedad puede ser un don o una maldición, depende de cómo se mire. Esas enfermedades no son algo malo que hay que erradicar, no son el resultado de un mal karma de una vida pasada y de nuestros pensamientos negativos.

Las enfermedades son la forma que tiene nuestro cuerpo de comunicarse con nosotros y enseñarnos un camino mejor...


Sí, puede que muramos de cáncer o de cualquier otra enfermedad o puede que muramos por un accidente, todos vamos a morir de algo en algún momento, pero la muerte no es el enemigo. Lo que muchas veces sí es el enemigo es la forma en que vemos una enfermedad, incluyendo la noción simplista de que si enfermamos o morimos es porque no hemos luchado bastante con la fuerza suficiente, no hemos sido lo bastante valientes, lo bastante fuertes para vivir o que nuestros pensamientos y visualizaciones no han sido suficientemente positivos. Nociones como esas no solo son una fuente de miedo, sino que simplemente no son ciertas y solo sirven para agobiar a la persona que se ve enfrentada ese obstáculo, cargándola a ella y a sus seres queridos con una presión tremenda cuando está en su momento más vulnerable.

Esta actitud crítica injusta es justo lo contrario al amor, al apoyo y a la comprensión que necesita cualquiera que esté pasando por algo así. Imagina cuánto ayudaría cambiar la perspectiva y ver el cáncer y otras enfermedades como llamadas de atención para cambiar el rumbo de nuestras vidas. ¿Y si en vez de gastar millones de euros en campañas para luchar contra la enfermedad, se invirtiera la misma cantidad de dinero, energía y atención en difundir programas de concienciación para la salud que aborden no solo la salud física, sino también la mental, emocional y espiritual? Supondría una gran diferencia y obtendríamos un resultado muy distinto.

El sistema de salud que tenemos actualmente es un programa de cuidados que se centra mucho más en la enfermedad que en la salud, tal vez en parte porque se gana mucho más dinero con la enfermedad que con el bienestar. Algunos pueden pensar que estoy siendo muy cínica, pero veamos lo siguiente: en 2014, la revista Forbes publicó que se estimaba que el gasto en médicos, hospitales, medicamentos y terapias en Estados Unidos ascendía hasta los 3,8 billones de dólares. Comparado con ese desembolso exorbitante, gastamos una verdadera miseria en educar a la gente sobre la mejor manera de vivir más y estar más sanos y más felices.

Según Lyle Ungar, profesor de ciencias informáticas y de la información en la Universidad de Pensilvania, que ha estudiado ampliamente la esperanza de vida y también ayudado a crear una calculadora para estimarla, todos podríamos vivir más y con más salud siguiendo unas simples directrices: no fumar, no beber alcohol en exceso, ponerse el cinturón de seguridad, hacer más ejercicio y cultivar relaciones importantes en nuestras vidas. Eso es todo. Podríamos ahorrar toneladas de dinero y salvar millones de vidas sólo siguiendo esas directrices.


La mayoría de la gente no sabe lo que es el verdadero bienestar. No tienen idea de que el bienestar físico tiene mucho que ver con el mental, el emocional y el espiritual. Todo está unido; la enfermedad física no se produce en un vacío. Nuestro sistema inmune se debilita, haciéndolo más propenso a la enfermedad, por alguna razón. Hasta que los especialistas del sistema no empiecen a fijarse más en la salud que en la enfermedad y los investigadores no busquen la conexión entre la enfermedad y nuestras emociones y estilo de vida, seguirá habiendo muchas enfermedades para las que no encontraremos cura basándonos únicamente en la medicina occidental.

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