Muchas veces, llamamos vidas confortables a vidas de pura resignación. La diferencia entre
un preso que está en la cárcel y nosotros es que el preso sabe que detrás de
esos muros hay otra realidad mucho más hermosa, mientras que nosotros no lo
sabemos. Por eso, los muros de la mente
son más sólidos que los muros de piedra, ya que tienen la capacidad de no
permitirnos ni siquiera plantearnos que puede existir la posibilidad de otra
realidad distinta a la que experimentamos.
Cuando en nuestras vidas sucede algo que no nos gusta o
tal vez nos encontramos con alguien que se niega a colaborar con nosotros,
empezamos a experimentar un rechazo automático hacia esa persona o situación.
Esto parece muy sensato y razonable, y ahí es precisamente donde radica el
problema, que las personas elegimos con el corazón y justificamos con la razón,
y al final aquello que decidamos sentir encontrará inmediatamente un
razonamiento que lo apoyará sin fisuras...

