De sus huesos nació el tallo. No buscaba
sepultarse, sino vivir entrelazada a la vida. Sus extremidades se han abierto y
multiplicado para abrazar con más vigor los colores de su nacimiento. A pesar
de que no puede moverse, es más libre que nunca. Del polvo nació luz. Nada se
fue porque nada vino.
Mis lágrimas bañaron sus raíces y
rompieron la coraza en la que permanecía latente, fusionando su desgarro con el
mío en la metamorfosis que experimentábamos. Eran lágrimas sanadoras que
abonaban sus cenizas y oxidaban mi armadura para salir de la cárcel en la que
no había oxígeno...


