"Los mejores maestros son aquellos que te muestran dónde mirar, pero no te dicen qué ver"
Alexandra Trenfor
Como dice Joan Manuel
Serrat en una de sus canciones: “da
igual que la vida pegue o bese”. Ambas opciones, ni buenas ni malas, ni
mejores ni peores, las generamos nosotros y no son fruto de la casualidad, son
nuestra creación, unas experiencias cargadas de jugo para exprimir y
evolucionar. La mente va a estar siempre inquieta, el ser no. La mente funciona
en los opuestos o contrastes. Las experiencias de amor, armonía, sosiego o
similares no las computa y por ende, no existen y no pueden impulsar
nuestro despertar. El vivir nuestro día a día, rutinario, pasa a ser algo
efímero. Todos tenemos vida, pero no
todo el mundo la vive. En cambio, las experiencias de sufrimiento, desamor,
de desarraigo y temor, sí que las computa nuestra caprichosa mente, y son reales
para nuestro yo físico, mental y emocional. Cuando se vive tan anclado a este “yo”
como nos pasaba a ambas, y debemos evolucionar, se crea la experiencia del dolor
que no pasó desapercibida a nuestro entendimiento.
Por eso necesitamos la enfermedad, pero en algunas ocasiones
somos tan ciegos que ésta tiene que llamar varias veces a tu puerta y ponerte
la piel de gallina y los ovarios de corbata. Para nosotras era el segundo
intento de llamada de atención. Es fácil entenderlo así, ¿cuántos de nosotros es consciente de que tiene salud y da gracias
todos los días por ello? No apreciamos la salud hasta que no la perdemos.
La experiencia positiva de la armonía con nuestro cuerpo no se percibe por la
mente hasta que llega la enfermedad. Pero en cuanto volvemos a recuperar la
salud se nos torna a olvidar este regalo...
