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lunes, 15 de agosto de 2016

Tu enfermedad como mi metamorfosis: La Historia 12, El Iceberg

"Los mejores maestros son aquellos que te muestran dónde mirar, pero no te dicen qué ver"

Alexandra Trenfor


Como dice Joan Manuel Serrat en una de sus canciones: “da igual que la vida pegue o bese”. Ambas opciones, ni buenas ni malas, ni mejores ni peores, las generamos nosotros y no son fruto de la casualidad, son nuestra creación, unas experiencias cargadas de jugo para exprimir y evolucionar. La mente va a estar siempre inquieta, el ser no. La mente funciona en los opuestos o contrastes. Las experiencias de amor, armonía, sosiego o similares no las computa y por ende, no existen y no pueden impulsar nuestro despertar. El vivir nuestro día a día, rutinario, pasa a ser algo efímero. Todos tenemos vida, pero no todo el mundo la vive. En cambio, las experiencias de sufrimiento, desamor, de desarraigo y temor, sí que las computa nuestra caprichosa mente, y son reales para nuestro yo físico, mental y emocional. Cuando se vive tan anclado a este “yo” como nos pasaba a ambas, y debemos evolucionar, se crea la experiencia del dolor que no pasó desapercibida a nuestro entendimiento.

Por eso necesitamos la enfermedad, pero en algunas ocasiones somos tan ciegos que ésta tiene que llamar varias veces a tu puerta y ponerte la piel de gallina y los ovarios de corbata. Para nosotras era el segundo intento de llamada de atención. Es fácil entenderlo así, ¿cuántos de nosotros es consciente de que tiene salud y da gracias todos los días por ello? No apreciamos la salud hasta que no la perdemos. La experiencia positiva de la armonía con nuestro cuerpo no se percibe por la mente hasta que llega la enfermedad. Pero en cuanto volvemos a recuperar la salud se nos torna a olvidar este regalo...