"Hay dos tipos de dolor: uno es el que te lastima y el otro es el que te cambia"
Ya no recordaba verme escribir. Con lo que me gustaba y disfrutaba… Hace tanto tiempo que, la última
vez que escribí algo por placer, fue a lápiz y papel porque eso de los
ordenadores te retrasaba el trabajo más que ayudarte, asociado a que era
demasiado novedoso. Mis yemas de los dedos no recuerdan el fluir de estas
teclas para algo diferente a trabajos científicos. Media vida sin escribir…
tampoco es que sea muy vieja, pero no deja de ser media vida. Y la pregunta sería por
qué ahora, ¿a que sí? ¿no me iba a quedar impasible mientras la siento más viva que nunca y creando a través de mí, a mi lado? Por fin me he dado
el permiso de ser.
En estos meses he aprendido mucho, tanto que casi no me
reconozco. El título puede sonar conocido. Es casi igual al de los autores T. Dethlefsen y R. Dahlke que se llama “La
enfermedad como camino”, el cuál disfruté de su lectura a pesar de que jamás pensé que podría caer en mis manos. Hace unos meses solo se
trataba de literatura barata para engañabobos.
Hay muchos escritos de autobiografías de pacientes que se
superan con experiencias personales increíbles y nuevas. También hay lecturas
de sanitarios que descubren, ejerciendo su trabajo o vocación, otra forma de ver
la enfermedad, otro enfoque. Pero he encontrado poco sobre médicos escépticos
que despiertan tras una “gran colleja cósmica” con la enfermedad de la persona
que más ama en este planeta, la tercera dimensión. Ese es mi caso, si...