Ella aún atesoraba algo de honestidad al conservar una última pluma original intacta, la única que aún brillaba cuando el rayo de sol se posaba encima, entonces se levantaba del suelo preguntándose cómo había llegado hasta ese punto.
Un día, del lodo
formado por el agua estancada del pozo en una zona del extrarradio, Iara descubrió
que de aquellas profundidades de olor a sombras resurgía una hermosa flor de
pétalos rosas y aroma dulce. Maravillada por sentir aquella agradable fragancia
y experimentar otra vez el color dentro de la escala de blancos y negros en la
que vivía, se sentó en frente para admirar esa belleza nunca antes vista...

